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TILIPULO

HACIENDA – OBRAJE TILIPULO


Tilipulo genera un cúmulo infinito de maravillosa realidad, y que es la vieja casona majestuosa en aquel valle apacible cercana al pueblo de Poaló, guarda los misterios de añosas estirpes aborígenes los recuerdos de acaudalados patrones, la mística y sobriedad de Jesuitas taciturnos y el espíritu rebelde de ínclitos varones que proclamaron el derecho de ser libres.

Tilipulo, nombre proveniente del Colorado Shiglli – soga y del Quichua Pullu – cobija – filológicamente  nos proporciona una clara visión de la  Pre Incásica costumbre de los moradores lugareños, costumbre de trenzar las células del agave además de hilar y tejer lana de llamas para confeccionar varios textiles.
Desde época del predominio Inca (segunda mitad del siglo XVI), los Jacho de “Tacunga” fueron importantes de Pujilí, Saquisili, Tacunga propiamente dicha. En el valle de “Shillipullo”, muerto Tucumango Jacho, pasó a ser heredad de algunos descendientes, así encontramos como propietarios a Sancho Jacho (Hacho) Pullupaxi cacique de Saquisilí y luego a Sancho Jacho de Velasco y su esposa Francisca Sinagsichi quienes aprovecharon la benevolencia del suelo en su producción vegetal gracias al agua de riego de la que disfrutaban. Durante la conquista española en vida de el mismo la tierra fue parcelada y vendida, en parte se conoce que una buena parte del valle constituyó la encomienda adjudicada a Don Rodrigo Núñez de Bonilla, primero y a su hijo más tarde, sin embargo estos personajes parecen no haber intervenido en la tenencia misma de la tierra.
A la muerte del Cacique, las tierras que quedaron de éste gran valle de Tilipulo fueron heredadas por su esposa y hermana Francisca Sinagsichi, quien continúo parcelando el valle y vendiéndolo en pequeñas secciones. Estas ventas continuaron hasta finales de la primera mitad del siglo XVII, durante ésta mitad de siglo apareció algo muy importante, las pequeñas parcelas fueron unificadas bajo dos grandes propietarios muy adinerados: Don Ignacio de Artiaga y Don Rodrigo de Alcocer. Es decir las tierras del Cacique propietario único volvieron a formar un todo.
De ésta manera las tierras del Cacique habían pasado definitivamente a manos españolas. El nombre no había variado el Tilipulo de Artiaga y el Tilipulo de Alcocer. Siendo así en 1696 una vez que pasó a poder del Capitán Fernando Dávalos se empezó a preparar el primer obraje en la hacienda de Tilipulo. Para éste mismo año el molino y el batán estaban concluidos, y la labranza de paños rústicos o bayetas era un hecho. Se habían adjudicado 15 indios de servicio o del quinto; una acequia cercana abastecía el obraje; se había construído una serie de trojes para el almacenamiento de granos, pero las casas de hacienda aun estaban por cubrirse.
Dávalos murió entre 1697 y 1707 y Tilipulo pasó a manos de su mujer doña María Villagómez de Larraspuru, quien debió haber continuado con la producción de paños. A la muerte de ésta señora Tilipulo se quedó con su hija María Dávalos casada con don Joseph de Góngora. Debido a muchos problemas por sucesión de bienes obligaron a los propietarios a que en 1718 la hacienda pasase a manos de los Marqueses de Lises, los Maldonado Sotomayor, quienes la tuvieron medio siglo manteniendo siempre la misma función. Esta familia recibió una hacienda reunificada y mucho mas “operada”. Consta en un avaluó además de los 15 indios, un troje grande cubierto de teja, un cuarto con tres galpones, un oratorio de paja y paredes de cangagua provisto en imágenes de bulto y pincel. El obraje tenía 8 telares de madera de tejer paños corrientes, 33 tornos corrientes, 3 madejas de madera y 7 pares de cardas corrientes.

El primer Marques de Lises, don Ramón Joaquín Maldonado tuvo mucho interés en ampliar la Hacienda – obraje durante su época se aumentaron el número de telares y probablemente se contrató más gente de servicio. Su hijo Joaquín Gregorio Maldonado Sotomayor, hermano de Pedro Vicente Maldonado se hizo cargo de Tilipulo a la muerte de su padre. A su vez los hijos de este y doña Manuela de Borja, también se beneficiaron, una vez que éstos fallecieron.
Este beneficio resultó serlo a medias, ya que el obraje arrendado por esos años a don Gregorio Sánchez de Orellana, sufrió un gran incendio. Debido a la masiva destrucción, y por otra parte a las grandes deudas contraídas por la viuda de Lises Tilipulo pasó nuevamente a otro propietario. En 1763 el mismo año del gran incendio la Hacienda fue vendida a los Marqueses de Miraflores. Fue un buen momento para recibirla ya que parece que el corregimiento de Latacunga presentaba un gran crecimiento en cuanto a la producción textil. Hasta el momento la cantidad de indios oscilaba entre 200 y 250. Con los nuevos propietarios no sabemos si en número aumentó o disminuyó. La construcción de la gran iglesia que hoy apreciamos, es el resultado del esfuerzo de éstos propietarios y explica parcialmente nuestra idea de que, entre otras muchas razones este haya sido el momento de esplendor de la Hacienda como unidad productiva.
En 1797 una nueva catástrofe afectó esta hacienda con el gran terremoto el cual destruyó muchas propiedades y causó muchas muertes. Los Marqueses de Miraflores administraron la Hacienda hasta el año del 1802 donde el viejo Marqués arrendó la Hacienda a su yerno don Manuel Larrea y Jijón, futuro Marqués de San José, Vizconde de Casa Larrea y futuro dueño de la Hacienda. Con éste caballero se pagaron censos o se adquirieron enseres necesarios para el buen funcionamiento de la Casa la Hacienda – Obraje continuó con sus tareas habiéndose agregado nuevos sitios de pastoreo.
Entre 1828 y 1833, la hacienda fue traspasada legalmente a don José Modesto Larrea, hijo del dueño anterior. Este nuevo propietario hizo lo imposible por mantener activa la producción obrajera comercializó el producto Internacionalmente e intentó modernizar el obraje.
A través del año 1861 encontramos a don Manuel Gómez de la Torre como nuevo dueño y suponemos que fue este el último en mantener la producción textil. A pesar que no se puede comprobar se dice que los Gómez de la Torre arrendaron la Hacienda a una familia Urrutia que luego fue vendida a unos señores Dávalos quienes a su vez la traspasaron a los Cañadas. Según parece ésta familia convirtió la casa en escenario de grandes fiestas en las que abundaba la bebida fabricada en el trapiche que se instaló en el propio Tilipulo, única innovación que se conoce de su actividad productiva en estos últimos años  del siglo XIX. Este derroche constante de los Cañadas que aun sigue presente en la memoria de los pobladores de la zona acabó por arruinar en pocos años a la familia y debieron rematar la Hacienda por muy poco dinero a favor de quienes serian sus últimos dueños particulares hasta el año 1979 los Álvarez.
Los años en que Tilipulo fue propiedad de los Álvarez son de gran importancia en lo que se refiere a la arquitectura, ya que a ellos se debe el aspecto actual de la casa y sus jardines se dedicaron a arreglar y embellecer la vivienda para uso familiar y como para convertir la propiedad en una rentable hacienda agropecuaria. En 1979 el Municipio de Latacunga compró la Hacienda a los Álvarez al considerar el inmenso valor histórico y estético del mismo.

ASPECTO ARQUITECTÓNICO DE TILIPULO

No es un decir, España se quedó en San Juan Bautista de Tilipulo columnas y arquería clásica, atrios, pináculos, azoteas de estirpe, frontones, triangulares, escaleras, torres de gusto barroco, bóveda de caña, está confirmado al aserto. A falta de documento, los caracteres arquitectónicos dan a la crítica un mínimo para señalar como autor del monumento, que por primera vez se pone a la vista en todo su esplendór, al arquitecto Jesuita Hermano Marcos Guerra, el mismo que en 1662, por comisión del Cabildo de Quito, hace las reparaciones de las casas de la Ciudad, averiadas por los temblores de la época en 1563, el Hermano Marcos había probado capacidad de constructor, el Arquitecto Jesuita logra despegar su genio de artista en esta mansión señorial.
Preside el edificio el desarrollo diario de las labores agrícolas, el arco de una de las pesebreras recorta el perfil de pináculos blancos y el atrio al que se asciende por dos elegantes gradas redondas, púdese ver sin embargo, el conjunto sobrio de la fachada barroco con columnas de dos órdenes clásicas en el primer cuerpo, el entablamento que guarda armonía perfecta con la balaustrada y prepara el segundo cuerpo rematada por las airosas torres. De éste cuerpo arranca la espléndida bóveda que termina con ésta cúpula elíptica, alarde de construcción y buen gusto.
La casa señorial descubre los elementos internos, el primer patio empedrado, flores bien cultivadas, y además:
El reloj de sol.- el mismo que que servia para ver la hora exacta  dependiendo del clima, ya que nos permite observar del lado Norte y Sur.
La Iglesia.- En 1763 el mismo año del gran incendio en la que la propiedad fue de los Marqueses de Miraflores, los mismos que con la ayuda del aumento de los indios trabajadores nos dieron la oportunidad que hasta el día de hoy podamos apreciar, disfrutar de tan elegante vista. La iglesia (245 metros cuadrados de superficie), aquí resaltan las torres de más altura que enmarcan la fachada ecléctica de una iglesia de una sola nave definida por una bóveda de cañón corrido, construída en piedra pómez, con lucernarios laterados, coronados por pequeños frontis neo clásicos. 
Este tipo de arquitectura hace que sea una de las razones que permitieron que la Hacienda se convierta en el  máximo momento de esplendor como unidad productiva, siendo un símbolo de la magnitud de la Hacienda – Obraje, en su interior no es necesario parlantes ya que cuando el Párroco celebraba la misa se escuchaba claramente hasta el ultimo rincón, gracias al tipo de construcción de la época (bóveda),    
El purificador de agua.- Tecnología estupenda para la época se trata de un recipiente elaborado en piedra pómez en el cual se colocaba una porción de carbón posteriormente agua, la misma filtraba y estaba lista para el consumo.
El calabozo.- Construido dentro de la Hacienda con la finalidad de castigar a los esclavos por faltas, o por querer escapar del maltrato de sus amos.
El mito.- Cuenta la historia, que por la noche se quejan las almas de los que sufrieron encarcelados y maltratados por parte de sus amos.
El gran salón.- En donde deliberaron durante las semanas que permanecieron en el lugar, los patriotas fugitivos de Quito, Latacunga, Ambato, bajo el patrocinio del Marqués de Maenza, don Manuel Matheu, los cuales uniéndose con los patriotas latacungueños en la Ciudad, rindieron a la guarnición española la mañana del 11 de Noviembre de 1820 y proclamaron la Independencia de Latacunga.
Además para la época algo lindamente labrado, sobre una grada semejante a la de San Francisco, atrio íntimo, columnas, arquería, puertas y ventanas que forman un juego arquitectónico.
Así mismo en la parte Noreste nos encontramos con la capilla  Noroccidental nos encontramos con los calabozos donde sufrieron muchos indígenas, en algunos casos por cometer faltas o por tratar de escapar, así mismo aquella sala ubicada en la parte Noreste (), un poco mas al Norte nos encontramos con el purificador de agua construido en piedra pómez (la misma que consistía en colocar dentro del recipiente un poco de carbón, luego agua, ésta filtraba a través del recipiente y tenían agua purificada lista para el consumo),   atrio y corredor un poco más al Norte tenemos el pozo el mismo que sirvió como pasadizo para escapar en tiempos de guerra.  
Aquel atrio y corredor por medio está la gran sala en donde deliberaron durante las semanas que permanecieron en el lugar los patriotas fugitivos de Quito, Latacunga, Ambato bajo el patrocinio del Marqués de Maenza, don Manuel Matheu, los cuales uniéndose con los patriotas latacungueños en la Ciudad, rindieron a la guarnición española la mañana del 11 de Noviembre de 1820 y proclamaron la Independencia de la Ciudad. 
El segundo patio mantiene el encanto de la vivienda por los portales, el dentículo labrado primorosamente, la balaustrada y sobre todo por la grada, semejante a los grandes monumentos quiteños, de ascendencia toledana y escurialense, en este patio, dispuesto con clásica sobriedad, causan íntimo gozo. Tales son los nombrados  modillones, las horizontales, los pináculos cónicos de la azotea intermedia, entre este patio y el primero, los pináculos de las diminutas terrazas. Al mismo tiempo nos encontramos en una de las terrazas que llama mucho la atención y que a la vez moderno para la época como es el teléfono, el mismo que servía para la comunicación de los habitantes que se encontraban enfermos, para que no haya ningún tipo de contagio se los ponía uno en cada extremo para de esa manera poder comunicarse. En este mismo patio nos encontramos con un árbol de eucalipto aromático donado por García Moreno, y muy cerca se encuentra el árbol de molle de 116 años, cuyas flores huelen y saben igual que la primavera.

La armonía de la bóveda de cañón con las pilastras románicas, el friso, las nervaduras, los muros macizos, el cimborio elíptico de la cúpula da a la nave un carácter que impresiona. El suelo está cubierto de ladrillo hexagonal doble, propio de la tierra, la puerta del medio es un pasadizo del castillo. Linterna, tragaluz, pileta tres por cuatro metros, hacen una sacristía digna de una abadía de la Edad Media. Los retablos ya no existen, sin duda hubo buena pintura, pues debajo de la cal, está el color antiguo. El retablo actual, reconstruido tiene una apreciable talla de la Virgen de Quito, un lienzo de la Escuela de Miguel de Santiago y varias esculturas. Lo más original es el sagrario.
Constituye la capilla de Tilipulo una reliquia de un barroco sobrio. Según la tradición, mientras no se encuentren testimonios escritos, Tilipulo figurara como una de las primeras noviciadas de la Compañía de Jesús.  
     













  

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